La semana pasada, el presidente estadounidense Donald Trump aterrizó en China con el objetivo de asegurar el tipo de acuerdos comerciales exitosos que impulsó hace nueve años: desde soja hasta aviones y energía.
El objetivo de Rusia para cualquier negociación es simple: fortalecer su economía interna vendiendo más petróleo y gas a China. Pero Beijing tiene otras consideraciones: desde evitar una dependencia excesiva de un único proveedor de energía hasta reducir la dependencia del dólar estadounidense liquidando transacciones en yuanes.
Además, existen obstáculos prácticos para aumentar los flujos de energía rusos, incluido el inminente regreso de las sanciones estadounidenses y la amenaza de ataques con drones ucranianos. La pregunta es: ¿podrá Putin superar todas estas barreras y conseguir el acuerdo que quiere con China, el mayor comprador de energía de Rusia?

